Ezequiel
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Ezequiel era un sacerdote que vivió en Jerusalén durante el primer ataque babilónico a la ciudad (2 Reyes. 24:8-17). Aunque la ciudad se salvó, el rey de Babilonia exilió una primera oleada de prisioneros israelitas. Ezequiel estaba entre ellos. El libro comienza cinco años después de estos acontecimientos traumáticos. Ezequiel se encuentra sentado a la orilla de un canal de riego cerca de su campamento de refugiados israelitas, ese día era nada menos que su cumpleaños número 30. Ese año, él tendría que haber sido instituido como sacerdote en Jerusalén.
Ezequiel 1-11: La misión, las señales y la partida de Dios del templo
De repente, Ezequiel tiene una visión de una nube tormentosa que se le está acercando. Dentro de la nube, ve a cuatro criaturas extrañas que están conectadas entre sí por sus alas extendidas. Cada una de las criaturas tiene cuatro caras: una humana, una de león, una de buey y una de águila, y cada una de ellas se encuentra sobre una rueda. Sus alas sostienen una plataforma brillante que contiene un trono con una misteriosa figura semejante a un humano, envuelta en fuego y en una luz brillante. Ezequiel se da cuenta de lo que ve y lo describe como la "apariencia de la semejanza de la gloria del Señor" montada sobre su carruaje real
En hebreo, la palabra utilizada para "gloria" es kavod, y significa "pesado" o "significativo". Los autores bíblicos usan esta palabra para describir las manifestaciones físicas de la grandeza de Dios cuando aparece en persona. Las imágenes de la visión son similares a las de Dios en el Monte Sinaí en Éxodo 19 y 24, así como a su presencia en el arca del pacto en Éxodo 25. Y eso es, en realidad, lo más impactante de la visión de Ezequiel. En teoría, la presencia gloriosa de Dios estaba en el templo de Jerusalén. ¡¿Qué está haciendo la gloria de Dios en Babilonia?! Cualquier israelita de la antigüedad se habría hecho esta pregunta, y eso es exactamente lo que la primera sección del libro de Ezequiel se propone responder.
Primero, Dios le habla a Ezequiel desde lo alto de su trono-carruaje y lo comisiona como profeta (capítulos 1-3). Su misión consiste en acusar a Israel por quebrantar el acuerdo del pacto con Dios. Israel ha entregado su lealtad a otros dioses y ha estado adorando ídolos, ambas cosas han dado lugar a una desenfrenada injusticia social y violencia. En respuesta a todo esto, Dios designa a Ezequiel para advertir a Israel que el primer ataque babilónico contra Jerusalén irá seguido de un segundo, excepto que esta vez la ciudad y su templo serán totalmente destruidos.
En los capítulos 4 y 5, vemos que Ezequiel transmite su mensaje a través de palabras y realizando actos simbólicos, una especie de teatro callejero antiguo. Ezequiel se comportaba de forma extraña e inusual en público, dichos actos eran como parábolas que representaban su mensaje profético. Por ejemplo, en una ocasión fue llamado a construir una maqueta de Jerusalén en miniatura y a representar el inminente ataque babilónico. En otra ocasión, se afeitó todo el cabello y lo cortó en pedazos con una espada. Y, en el caso más extremo, representó el rol de macho cabrío expiatorio en el día de la expiación, acostándose de lado durante más de un año y comiendo alimentos cocinados con desechos humanos, como señal de la comida repugnante que sería consumida durante el asedio de Jerusalén.

Sin embargo, lo más desalentador de todo es quizá la mala noticia que Dios le dio a Ezequiel. Nadie iba a escuchar su mensaje. Israel lo rechazaría debido a su rebeldía y a la "dureza de su corazón" (Ezequiel 2:4; Ezequiel 3:7). Esto recuerda la descripción que Moisés hizo de Israel después de la rebelión en el desierto, y su predicción de que Israel sería exiliada (Deuteronomio 30). Ezequiel tuvo el desafortunado privilegio de ver cómo la advertencia de Moisés se convirtió en una triste realidad.
Después de ser comisionado, Ezequiel, consternado, comenzó a realizar lo que se le había encargado hacer. Después de aproximadamente un año, tiene otra visión, en la que fue llevado en un "recorrido virtual" del templo para ver lo que estaba sucediendo allí en su ausencia (capítulos 8-11), y no era nada bueno. En el patio externo, frente al templo, vio una estatua enorme de un ídolo. Los ancianos de Israel estaban adorando a otros dioses, tanto fuera como dentro del templo, y además, las mujeres estaban adorando al dios babilónico Tamuz. Por último, vio el glorioso trono-carruaje de Dios saliendo del lugar santísimo, abandonando el templo y dirigiéndose hacia el este, hacia Babilonia.
Y así llegamos al final del ciclo. En el capítulo 11, vemos por qué y cómo la gloria de Dios apareció ante Ezequiel mientras estaba sentado junto al canal en Babilonia. La idolatría y el quebrantamiento del pacto por parte de Israel se volvieron tan descarados y ofensivos que Dios decidió abandonar su propio templo. Los israelitas ahuyentaron a su Dios por lo cual Dios entregó la ciudad y el templo a la destrucción. Sin embargo, Dios no abandonó a su pueblo. Más bien, se va al exilio con ellos. Al final de la visión, Dios promete que hará que un remanente de Israel regrese a la tierra, transformándolos "quitando su corazón de piedra y dándoles un corazón nuevo y blando", para que puedan amar y seguir a su Dios (Ezequiel 11:19).
Es un pequeño destello de esperanza que rápidamente se sumerge bajo la realidad de la destrucción inminente. El capítulo 11 es una historia de transición clave que nos ayuda a entender cómo ha sido diseñado el resto del libro de Ezequiel. Las siguientes tres secciones son anuncios del juicio de Dios, que comienza con Israel (capítulos 12-24), pasando a las naciones vecinas (capítulos 25-32) y finalmente sobre la mismísima ciudad de Jerusalén (capítulo 33). Después de todo este juicio sombrío, en los capítulos del 34 al 48 encontramos una conclusión más esperanzadora para Israel, las naciones y toda la creación.
Ezequiel 12-24: Advertencias del juicio venidero sobre Israel
Los capítulos 12 al 24 del libro de Ezequiel se enfocan en el juicio venidero de Dios sobre Israel. Esta variada colección de poemas y ensayos muestra la predilección de Ezequiel por las parábolas y las alegorías. Él describe a Israel como una vara quemada e inútil (capítulo 15), una esposa rebelde (capítulo 16), un león peligroso y furioso capturado por cazadores (capítulo 19), y como dos hermanas promiscuas (capítulo23). Todas estas son descripciones de la rebelión y la idolatría insensata de Israel, y de la ruina que resulta de ello. En los capítulos 14, 18 y 20, Ezequiel también actúa como abogado, argumentando que la destrucción de Jerusalén es verdaderamente merecida como consecuencia de siglos de violación del pacto. Él argumenta que incluso si las personas más justas del mundo, como Noé, Daniel y Job, estuvieran vivas y oraran pidiendo compasión por Israel, Dios no aceptaría sus oraciones. Es demasiado tarde. De hecho, la bondad de Dios exige que imparta justicia a esa generación de Israel. El exilio se ha vuelto inevitable, ya que han llegado a un punto sin retorno.
Ezequiel 25-33: Juicio sobre las naciones y la destrucción de Jerusalén
A continuación, Ezequiel se enfoca en las naciones que rodean a Israel, Amón, Moab, Edom y Filistea (capítulo 25), así como en los dos estados más poderosos de la región, Egipto y Tiro (capítulos 26-32). Israel se alió con estas naciones y adoptó sus dioses e ídolos. Más específicamente, Dios acusa a los reyes de Tiro y Egipto por ser arrogantes y verse a sí mismos como dioses, definiendo el bien y el mal en sus propios términos. Él responsabiliza a estos reyes por su orgullo y anuncia que usará a Babilonia para hacerlos caer. Ellos enfrentarán la justicia de Dios junto con todos los demás.
Después de estas intensas secciones, hay una historia corta en el capítulo 33. Ezequiel se encuentra con un refugiado que acaba de llegar de Jerusalén y le da un reporte. Babilonia ha atacado la ciudad de Jerusalén una vez más. Esta vez, la ciudad ha caído y el templo está destruido. Las advertencias de Ezequiel se hicieron realidad. Pero en medio de su dolor, recordamos el destello de la esperanza futura al final del capítulo 11. La destrucción de Jerusalén no es el final de la historia.

Ezequiel 34-37: La esperanza venidera después del exilio
La siguiente sección significativa de Ezequiel (capítulos 34 al 48) profundiza en las consecuencias de la caída de Jerusalén y la destrucción de su templo. Esta calamidad, la más abominable en la historia de Israel, llevó a una profunda reflexión sobre la intervención divina en cuestión. Sin embargo, en el capítulo 11 nos quedamos con la esperanza de que aún había un futuro más allá del exilio. El resto del libro de Ezequiel tiene como objetivo explorar esta visión de esperanza, primero para Israel (capítulos del 34 al 37), luego para las naciones (capítulos del 38 al 39) y, finalmente, para toda la creación (capítulos 40-48).
Dios promete que levantará a un "nuevo David" para Israel, como futuro rey mesiánico. Este líder será el tipo de líder que Israel siempre ha necesitado, pero nunca ha tenido (capítulo 34). El nuevo Israel que estará bajo el gobierno de este rey será transformado. Su problema de rebelión será resuelto por Dios, quien les dará nuevos corazones (capítulo 36). Tal como lo prometió Moisés (Deuteronomio 30:6), Dios dice que va a quitarle el corazón duro a Israel y que enviará su Espíritu a su pueblo para darles corazones nuevos y blandos, para que puedan amar y obedecer a su Dios (Ezequiel 36:23-30).

Esta idea se desarrolla aún más en el siguiente capítulo a través de una extraña visión (capítulo 37). Ezequiel ve un enorme valle lleno de huesos y esqueletos humanos secos. Dios le dice que es una imagen del estado espiritual de Israel. Su rebelión contra Dios resultó en el exilio, que trajo una muerte metafórica y literal a Israel. Luego Dios le dice a Ezequiel que su Espíritu vendrá y los hará revivir. Un viento sopla y hace que los huesos se levanten, llenándolos de aliento y vida, y haciendo que la piel vuelva a crecer. ¡De repente, Ezequiel ve a todos estos nuevos humanos parados ante él!
Esta visión nos recuerda la historia de la creación de la humanidad de Génesis 2, en la que Dios creó a los humanos del polvo de la tierra y aliento divino. Israel y toda la humanidad se rebelaron, resultando en muerte, así que la única esperanza que queda es que Dios haga una nueva creación y renueve a los humanos de tal manera que puedan vivir de verdad en una relación de amor con Dios y con los demás.
Así que, aunque Dios va a lidiar con la maldad de los corazones de su propio pueblo, algunas preguntas siguen sin respuesta. ¿Qué pasa con el mal que sigue desenfrenado en medio del resto de las naciones? ¿Qué pasa con el templo? De esto se tratan las dos últimas secciones del libro.
Ezequiel 38-39: Dios derrota a Gog, un rey que representa a las naciones malvadas
Primero tenemos los capítulos 38 y 39, donde Dios promete que finalmente derrotará a la maldad de las naciones, que vemos personificada a través de un gobernante llamado: "Gog de la tierra de Magog". El nombre deriva de una genealogía de reinos antiguos en Génesis 10, que tiene que ver con naciones poderosas del pasado distante. Ezequiel usa este nombre antiguo como una imagen de los reinos violentos de cualquier era. Es por eso que vemos que Gog se alió con siete naciones de los cuatro puntos cardinales. Este ejército es un símbolo de todas las naciones rebeldes juntas. Esto también nos ayuda a entender por qué Ezequiel describe a Gog con imágenes que usó anteriormente, para describir al rey de Tiro y al faraón de Egipto. Para Ezequiel, Gog es una amalgama de todos los peores gobernantes de la Biblia, un arquetipo de la rebelión humana contra Dios.
La historia básica que encontramos aquí es que Gog resiste el plan de Dios de restaurar a su pueblo. Al igual que el faraón en la historia del Éxodo, Gog viene a destruirlos. Pero Dios desata su justicia sobre Gog en una serie de escenas que no tienen mucho sentido literal si las lees en secuencia. Primero, Gog es consumido por un terremoto y luego, otra vez más, por fuego. Pero después de eso, Dios derriba a Gog y a su ejército en los campos, donde permanecen sin ser enterrados durante meses. Está claro que estas escenas están llenas de imágenes simbólicas. Ezequiel usó todo su conjunto de herramientas poéticas para describir cómo Dios está allanando el camino para una nueva creación, al derrotar toda la maldad humana que ha arruinado su mundo, de una vez por todas.
Ezequiel 40-48: Visión de un templo restaurado y una creación renovada
Después de la victoria de Dios, los capítulos 40 al 48 describen cómo la presencia de Dios un día regresará a su pueblo y a su templo trayendo una restauración cósmica. Ezequiel tiene una visión detallada de un nuevo templo y una nueva ciudad. Se le da un guía turístico celestial, que guía a Ezequiel a un nuevo templo, que es mucho más grande y aún más majestuoso que el templo de Salomón. Hay un nuevo altar, nuevos sacerdotes y un nuevo sistema de adoración. Después de este elaborado recorrido, el glorioso trono-carruaje de Dios que Ezequiel vio en su primera visión regresa y entra en el nuevo templo.
Ahora bien, el significado de estas visiones ha sido fuente de debate durante mucho tiempo. Algunos lectores judíos y cristianos creen que esta visión, algún día se cumplirá de manera literal y que estos capítulos ofrecen los planos reales del nuevo templo que se construirá cuando el Mesías regrese y traiga el Reino de Dios. Muchos otros lectores judíos y cristianos piensan que esta visión, al igual que las otras visiones de Ezequiel, está llena de imágenes simbólicas. Representan la realidad de la presencia de Dios regresando a su pueblo en el Reino mesiánico pero no necesariamente en la forma de un edificio real.
Cualquiera que sea el punto de vista que tomes, es importante tener en cuenta que Ezequiel nunca dice que la ciudad se llama Jerusalén, y en el capítulo 47 descubrimos por qué. Ezequiel ve un pequeño arroyo que brota del umbral del templo y que rápidamente se convierte en un río embravecido que fluye desde el templo, atraviesa la ciudad y desemboca en el desierto. Este río desemboca en uno de los lugares más desolados del planeta Tierra: el valle del mar Muerto. A medida que el río avanza, deja un rastro de árboles y vida, y el mar Muerto se transforma en un mar de vida, lleno de plantas y animales. Todas estas imágenes provienen de la descripción del jardín del Edén en Génesis 1-2, y ahora podemos ver cuán cósmica es la visión de Ezequiel. El plan de Dios siempre ha sido restaurar a toda la humanidad y la creación a su presencia vivificante, ejemplificada en el nombre de esta ciudad-jardín,:"El Señor está allí" (Ezequiel 48:35).
Con estas imágenes conmovedoras, el libro de Ezequiel llega a su fin. Un futuro lleno de esperanza surge de la oscuridad de Israel y de la maldad humana. Habrá nuevos seres humanos en un mundo nuevo, vivificados por el Espíritu vivificante de Dios y viviendo en un mundo impregnado del amor y la justicia de Dios. Esta es la profunda esperanza del profeta Ezequiel.

