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Gálatas

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9:04
Resúmenes del Nuevo Testamento
Gálatas

La carta a los Gálatas fue dirigida a varias iglesias de la región de Galacia, adonde Pablo había hecho uno de sus viajes misioneros (Hechos 13-14). El apóstol escribió esta importante carta con profunda pasión y frustración.

Contexto del libro de Gálatas

El cristianismo comenzó en Jerusalén como un movimiento judío mesiánico, pero su mensaje era para toda la humanidad, por lo que se esparció rápidamente más allá de las fronteras de Israel. Para cuando Pablo comenzó sus viajes como misionero, el movimiento de Jesús tenía tantos no judíos como judíos. Este choque de culturas provocó un debate muy fuerte que llegó a su punto más crítico en los eventos narrados en Hechos 15. Históricamente, el pueblo del pacto de Dios pertenecía a una única nación, Israel. Ellos se distinguían de los demás porque ponían en práctica las reglas que Dios les había dado en la Torá, como la circuncisión de los hombres, comer kosher y descansar en el Sabbat. Muchos cristianos de origen judío creían que, para que los no judíos realmente formaran parte de la familia del pacto de Dios, también debían obedecer las leyes de la Torá. Algunos de estos cristianos judíos habían ido a las iglesias de Galacia y habían comenzado a socavar a Pablo, exigiendo la circuncisión de todos los cristianos varones.

Cuando Pablo se enteró de lo que estaba pasando, se le partió el corazón y se enojó. Escribió esta carta como respuesta, para desafiar a los Gálatas con un resumen del mensaje del Evangelio sobre el Mesías crucificado. Pablo afirma que es este Evangelio el que crea la nueva familia multiétnica de Dios, transformando verdaderamente a las personas a través de la presencia y el poder del Espíritu de Jesús.

Gálatas 1-2: Una nueva familia del pacto a través de Jesús

Pablo expresa su desconcierto al saber que los gálatas aceptaron "un evangelio diferente", promovido por los cristianos que hablaban mal de él y exigían la circuncisión. Pablo defiende la autenticidad de su mensaje y autoridad como apóstol, recordándoles que fue comisionado por el mismísimo Jesús resucitado para ir al mundo no judío (Hechos 9). Pablo dice que no fue hasta mucho más tarde que fue a Jerusalén para consultar a otros apóstoles, como Pedro y Santiago. Cuando él les contó que no exigía a los cristianos no judíos que se circuncidaran o comieran kosher, ellos le dieron todo su apoyo.

Sin embargo, la tensión se profundizó cuando Pedro fue de visita a Antioquía y vio a todos estos cristianos no judíos. A Pedro no le molestaba comer y convivir con ellos, pero cuando un grupo de la oposición proveniente de Jerusalén llegó a Galacia, Pedro cedió ante la presión. Él dejó de comer con los cristianos que no estaban circuncidados e incluso comenzó a evitarlos. Pablo confrontó y acusó a Pedro de hipocresía y de "no mantenerse fiel al Evangelio" (Gálatas 2:14).

Para Pablo, exigir que estos nuevos cristianos se circuncidaran y obedecieran la Torá era una idea equivocada por muchas razones; pero, antes que nada, porque era una traición al Evangelio. En palabras de Pablo: "Las personas no son justificadas por las obras de la Torá, sino mediante la fe en Jesús el Mesías, y nosotros tenemos fe en Jesús el Mesías" (Gálatas 2:16). Para Pablo, ser "justificado" o ser "declarado justo" son términos del Antiguo Testamento con un significado muy profundo. Cuando Dios declara que alguien tiene una relación correcta con él, significa que esa persona es perdonada, recibe un lugar en la familia de Dios y está en proceso de ser transformada por su gracia. Pablo está convencido de que no podemos ser justificados por el cumplimiento de los mandamientos de la Torá, sino solo por "la fe de Jesús". Esta es una frase cargada de significado que podría referirse a la fidelidad de Jesús al vivir y morir por nosotros o a nuestra confianza y devoción a Jesús. En cualquiera de los dos casos, el punto es claro: las personas solo son justificadas cuando creen en lo que Dios hizo por ellas a través de Jesús, no por lo que hacen por sí mismas.

En el corazón del Evangelio que Pablo enseña encontramos la siguiente afirmación: cuando las personas confían en el Mesías Jesús, lo que es verdad acerca de él, se convierte en verdad acerca de ellas. Su vida, muerte y resurrección, se convierten en la vida, muerte y resurrección de ellos. O en palabras de Pablo: "Con el Mesías he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que el Mesías vive en mí. La vida que ahora vivo, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gálatas 2:19-20).

La razón por la que las personas pueden decir que tienen una buena relación con Dios y que pertenecen a la familia del pacto de Jesús no es porque obedecieron las leyes de la Torá, sino por lo que Jesús hizo por ellas; algo que nunca podrían haber hecho por sí mismas. Este entendimiento de lo que Jesús logró tiene implicaciones profundas sobre quién puede ser incluido en la familia del pacto de Dios, así como sobre lo que significa vivir como un miembro de esa familia.

Gálatas 3-4: El papel de la ley dentro de la familia multiétnica de Dios

Pablo vuelve a las historias sobre Abraham recordando cómo fue justificado o declarado justo ante Dios simplemente por tener fe y confiar en la promesa de Dios de que un día, todas las naciones encontrarían la bendición de Dios a través de él y de su descendencia (Génesis 15:6). En otras palabras, el propósito de Dios siempre fue tener una familia grande y multiétnica de personas que se relacionaran con él basándose en la fe, y no en las leyes de la Torá.

Esta línea de pensamiento plantea una pregunta importante. Si el plan de Dios siempre fue tener una familia multiétnica, ¿por qué le dio las leyes de la Torá a Israel en primer lugar (Gálatas 3:19)? Pablo ofrece una breve y densa explicación que desarrolla en los capítulos 7 y 8 de su carta a los Romanos. Él observa que las leyes de la Torá fueron dadas a Israel en el Monte Sinaí mucho después de la promesa de Dios a Abraham. Si lees la Torá con cuidado, verás que Dios siempre tuvo la intención de que las leyes fueran una medida temporal.

Pablo continúa diciendo que las leyes tenían un papel tanto negativo como positivo. En el sentido negativo, las leyes actuaron como una lupa sobre el pecado de Israel, dejando al descubierto cómo Israel compartía la condición humana pecaminosa y se rebelaba constantemente contra Dios. Así que la ley, que es esencialmente buena, terminó declarando a Israel culpable, junto con el resto de la humanidad. Como dice Pablo, "las leyes encarcelaron a todos bajo el poder del pecado" (Gálatas 3:22). Las leyes, por supuesto, también tuvieron un impacto positivo, ya que mantuvieron a Israel en línea hasta la llegada del descendiente prometido de Abraham, el Mesías (Gálatas 3:24).

Una vez que el Mesías llegó al mundo, cumplió el propósito de las leyes en nombre de Israel. Jesús era el israelita fiel que realmente amó a Dios y al prójimo. Como el Rey mesiánico, él murió para tomar sobre sí mismo la maldición y las consecuencias del fracaso de Israel, para darnos redención. A través de Jesús, la simiente de Abraham, la bendición de Dios finalmente llega a todas las personas, independientemente de su origen étnico, estatus social o género.

Para Pablo, exigir que los cristianos no judíos cumplan la Torá simplemente no tiene sentido. Es actuar como si Jesús no hubiera cumplido con la promesa de Dios ni hubiera lidiado con nuestros pecados. Deja de lado la nueva libertad obtenida a través de la resurrección de Jesús y el don del Espíritu, y limita la promesa y la bendición de Dios a una única familia étnica.

Gálatas 5-6: Vivir por el Espíritu y la nueva creación

Los oponentes de Pablo podían argumentar que las leyes de la Torá son una guía comprobada para vivir según la voluntad de Dios. ¿Cómo aprenderán los cristianos no judíos sin ellas? Pablo responde en los capítulos 5 y 6 describiendo cómo la presencia transformadora de Jesús a través del Espíritu es la clave. Pablo dice que las leyes de la Torá son buenas y sabias. Y pueden resumirse como lo hizo Jesús, a través del mandamiento de amar a tu prójimo como a ti mismo (Levítico 19:18). Sin embargo, las leyes, por buenas que sean, no le dieron a Israel el poder de obedecerlas. Pero la buena noticia es que Jesús cumplió las leyes por nosotros. Ahora vive en nosotros a través del Espíritu, haciendo de su pueblo nuevos humanos que cumplen con la ley amando al prójimo.

Pablo continúa contrastando la antigua y la nueva humanidad. Los hábitos de la antigua humanidad son obvios: comportamientos que deshumanizan a las personas y destruyen las relaciones y las comunidades a través del egoísmo, la envidia, la división, la inmoralidad sexual, la idolatría y el asesinato. Aunque las leyes de la Torá prohibían estos comportamientos, Jesús es quien los llevó a la muerte en la cruz. Cuando una persona confía en Jesús y vive dependiendo del poder de su Espíritu, la vida de Jesús se convierte en la suya. Esto produce lo que Pablo llama el fruto del Espíritu. Es el mismo estilo de vida que vivió Jesús, el cual él quiere reproducir en su familia para que se conviertan en personas de amor, gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio.

La producción de este fruto no es automática, dice Pablo. Requiere que lo cultivemos como cualquier fruto real. En sus palabras: "Si vivimos por el Espíritu, andemos en sintonía con el Espíritu" (Gálatas 5:25). Hacer esto requiere intencionalidad. Tenemos que aprender a podar nuestros viejos hábitos y cultivar nuevos. Al hacerlo, seremos guiados por el Espíritu mientras Jesús remodela nuestras mentes y corazones, convirtiéndonos en personas que aman a Dios y a los demás. De esta manera, el pueblo de Jesús cumple lo que Pablo llama la Torá del Mesías (Gálatas 6:2).

Al final, Pablo concluye diciendo que el requisito de que los cristianos se conviertan en observantes de la Torá o se circunciden no tiene sentido. Lo que realmente importa es la nueva creación de Dios (Gálatas 6:15), la nueva familia multiétnica del Mesías. Estas son las personas que están llenas de fe en Jesús y que aprenden a amar a Dios y a los demás a través del poder del Espíritu.