Romanos
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El libro de Romanos es uno de los libros más largos y significativos escritos por el apóstol Pablo, anteriormente conocido como Saulo de Tarso. Pablo era un rabino judío perteneciente a un grupo llamado los fariseos que consagró su vida a observar la Torá de Moisés y las tradiciones de Israel con pasión. Veía a Jesús y sus seguidores como una amenaza para estas tradiciones, por lo que los perseguía. Sin embargo, su vida cambió cuando tuvo un encuentro radical con el Jesús resucitado. Pablo recibió la comisión de convertirse en un apóstol de Jesús, un representante oficial en el mundo de los no judíos (o gentiles).
Como parte de su nueva vocación, comenzó a usar su nombre romano, Pablo, y viajó por todo el antiguo Imperio romano, hablando a la gente sobre el Rey Jesús resucitado. Estos nuevos conversos formarían comunidades llamadas iglesias y Pablo escribiría ocasionalmente cartas a estas iglesias para fomentar su fe, abordar problemas específicos o responder preguntas. El libro de Romanos es una de estas cartas escrita más tarde en su carrera.
Contexto del libro de Romanos
Sabemos por Hechos 18:1-2 que la iglesia de Roma ya existía desde hacía ya algún tiempo y estaba integrada por seguidores judíos y no judíos. La crisis de esta iglesia comenzó cuando el emperador romano Claudio expulsó a todos los judíos de Roma. Unos cinco años después, a todos esos judíos, incluyendo a muchos que seguían a Jesús, se les permitió regresar. Al regresar, se encontraron con una iglesia cuyas costumbres y prácticas ya no eran judías. Este choque cultural generó mucha tensión y, para la época de Pablo, la iglesia de Roma ya estaba dividida. No se ponían de acuerdo sobre cómo seguir a Jesús, y discutían si los cristianos no judíos debían o no guardar el Sabbat, comer kosher, circuncidarse y cosas por el estilo.
Pablo escribió esta carta para lograr varias cosas. Quería que esta comunidad dividida se unificara una vez más. En términos prácticos, él esperaba que la iglesia en Roma se convirtiera en una base de operaciones para su misión de ir aún más al oeste, hasta llegar a España. Estas circunstancias tan tensas motivaron a Pablo a escribir su explicación más completa del Evangelio: la buena noticia que anunciaba la vida, muerte y resurrección de Jesús.
Aunque la carta está diseñada en cuatro movimientos principales, también se mantiene unificada como una sola exploración continua del evangelio, el cual: "revela la justicia de Dios" (Romanos 1-4), "crea una nueva humanidad" (Romanos 5-8), y "cumple la promesa de Dios a Israel" (Romanos 9-11). Como resultado, solo este Evangelio puede "unificar la Iglesia" (Romanos 12-16).
Romanos 1-4: El Evangelio revela la justicia de Dios
Pablo comienza presentándose como un apóstol llamado por Dios para anunciar el Evangelio de Jesús (Romanos 1:1-17). Este es el mensaje que anuncia que Jesús es el Mesías de Israel, que fue resucitado de entre los muertos como el Hijo de Dios y Rey de las naciones. Como resultado, Jesús ahora llama a toda la humanidad a someterse a su gobierno de amor. Pablo dice que esta buena noticia sobre Jesús es el poder de Dios para salvar a las personas que confían en él y que "revela la justicia de Dios".
Para Pablo, el término "justicia" es un término rico en las Escrituras hebreas, el cual describe el carácter de Dios. Esto significa que Dios siempre actúa de una manera justa y correcta y que Dios es fiel y cumple sus promesas. Pablo dice que la historia de Jesús muestra cómo Dios ha hecho ambas cosas.
En Romanos 1:18-32, Pablo hace un relato largo y creativo de Génesis 3-11, mostrando cómo el mundo de los gentiles, y todas las naciones, se han visto atrapados en una espiral de pecado y egoísmo. El corazón y la mente de los humanos están quebrantados. Nos hemos apartado de Dios para abrazar la idolatría, buscando nuestro valor supremo en las cosas creadas y entregando nuestra lealtad a aquello que no es Dios Esto resulta en una distorsión de nuestra humanidad y un comportamiento destructivo. Lo que queda es una humanidad que se siente culpable delante de un Dios justo y recto.
Ante esto, los compañeros israelitas de Pablo podrían responder: "Es bueno que Dios haya elegido a nuestro pueblo de entre las naciones. Él nos salvó de la esclavitud en Egipto y nos dio las leyes de la Torá, como el guardar el Sabbat, comer comida kosher o la circuncisión. Todas estas prácticas nos muestran cómo vivir como el pueblo santo de Dios".
Pablo responde: "¡No tan rápido!". Recuerda la historia de la Torá y el resto del Antiguo Testamento, que mostraban que Israel era tan pecaminoso, idólatra y moralmente quebrantado como el resto de la humanidad. De hecho, Israel es más culpable que los gentiles, porque ellos tienen la Torá y deberían saberlo.
Como nuestro representante, Jesús asumió las justas consecuencias del dolor, el pecado y la muerte que los humanos han causado en el mundo y venció mediante su resurrección de entre los muertos. Es la nueva vida de Jesús la que ahora está disponible para todos. Jesús se convirtió en lo que somos nosotros, para que pudiéramos convertirnos en lo que él es. Todo esto, dice Pablo, es cómo Dios justifica a aquellos que confían o tienen fe en Jesús.

Justificación es otro término del Antiguo Testamento lleno de significado para Pablo y se relaciona con la justicia de Dios. Literalmente significa "declarar como justo". Gracias a lo que Jesús hizo por nosotros, se nos ha concedido un nuevo estatus ante los ojos de Dios. En lugar de condenarnos, nos declara en correcta relación con él y nos perdona Esto da lugar a una nueva familia, ya que una persona que confía en Jesús recibe un lugar dentro del pueblo del pacto de Dios. La justificación también da como resultado un nuevo futuro, el cual inicia un proceso de transformación de vida por la gracia de Dios. Todas estas realidades sobre la justificación son un regalo de Dios para aquellos que están en Cristo debido a su fe y lealtad hacia él.
En el capítulo 4, Pablo explora las enormes implicaciones que todo esto tiene para aquellos que ahora pueden ser parte de la familia del pacto de Dios. Él habla de la historia de Abraham en Génesis 15. Antes de que las leyes de la Torá fueran entregadas a Israel, Abraham fue justificado o declarado justo ante Dios. Dios prometió que Abraham se convertiría en el padre de una familia grande y multiétnica que recibiría su bendición. Sin embargo, Abraham y Sara eran muy viejos y nunca habían podido tener hijos. Pero Abraham tenía una fe radical y como confiaba en la promesa de Dios, fue declarado justo (Génesis 15:6). La afirmación de Pablo es que la familia multiétnica de Abraham se convirtió en una realidad a través de Jesús y sus seguidores. Los descendientes de Abraham se extienden por todo el mundo, formando una familia de judíos y gentiles que tienen fe en Jesús, el Mesías, quien cumplió las promesas de Dios a Abraham.
Antes de seguir con los capítulos 5-16, detengámonos un momento para resumir las ideas principales de Pablo en los capítulos 1-4, ya que son la base para entender todo lo que viene a continuación en su carta. Toda la humanidad está atrapada en el pecado y necesita ser rescatada, pero esto no se logrará mediante el intento de las personas de obedecer las leyes de la Torá. El carácter justo de Dios lo ha llevado a salvar al mundo a través de la muerte y resurrección de Jesús, permitiendo la creación de una familia multiétnica como su pueblo.
Ahora, Pablo mostrará cómo esta nueva familia forma parte de una historia mucho más grande que les llama a una forma de vida totalmente nueva.

Romanos 5-8: El Evangelio crea una nueva humanidad
Después de mostrar cómo Jesús está formando una nueva familia del pacto con personas de todas las naciones, Pablo continúa afirmando que esta familia es la nueva humanidad que cumple las promesas de Dios al antiguo Israel al obedecer la Torá mediante el poder del Espíritu.
Pablo comienza explorando cómo la familia de Jesús representa un nuevo tipo de humanidad (Romanos 5). Recuerda al primer personaje humano de la historia bíblica, Adán, cuyo nombre significa "humanidad". Adán y toda la humanidad eligieron el pecado y el egoísmo. Como resultado, se enfrentan al juicio de Dios. Han sido esclavizados por la influencia del pecado, lo que les ha llevado a la muerte. A continuación, Pablo contrasta a Adán con Jesús, el "nuevo Adán", que vivió en fiel obediencia a Dios a través de su acto de amor sacrificial. Jesús ofrece su vida como un regalo para que otros puedan ser justificados ante Dios. Ahora, Jesús se presenta como el líder de una nueva humanidad transformada por ese mismo regalo.
Esto nos lleva directamente al capítulo 6, donde Pablo les recuerda a los cristianos de Roma que decidir seguir a Jesús significa dejar atrás su antigua humanidad, a imagen de Adán, y entrar en la nueva humanidad, a imagen de Jesús. Y el símbolo físico sagrado de esa transición era la inmersión en el bautismo. Cuando entraban al agua, su antigua humanidad moría con Jesús, pero al salir del agua, su nueva humanidad resucitaba con él de entre los muertos. Cuando alguien confía en Jesús, su vida se une a la de él, y lo que es cierto para él se vuelve cierto para esa persona. Es cuando las personas aceptan su identidad como nuevos seres humanos a la imagen de Jesús que se liberan para convertirse en personas de todo corazón, capaces de amar a Dios y a su prójimo.
Ahora bien, si la creación de esta nueva humanidad siempre ha sido el propósito de Dios, entonces, Pablo pregunta en el capítulo 7, ¿cuál era el propósito de Dios al dar la ley a Israel, o, en hebreo, la Torá? Según Pablo, los mandamientos de la Torá eran buenos y demostraban la voluntad de Dios sobre cómo debían vivir los israelitas. Sin embargo, si lees el argumento de la Torá, Israel incumplió todos sus mandamientos.
Cuantas más leyes recibía Israel, más repetía el pecado de Adán al rebelarse. Incluso cuando Dios le dio al pueblo reglas específicas para obedecer, esto no solucionó el problema del corazón humano pecaminoso. Por tanto, paradójicamente, las leyes de la Torá hicieron que Israel fuera aún más culpable. Pero Pablo dice que esa paradoja era precisamente el punto. Dios quería dejar claro que el mal se había apoderado del corazón humano y que, por buena que fuera la Torá, no podía hacer nada al respecto.
Sin embargo, en el capítulo 8, Pablo afirma que la solución ha llegado a través de Jesús y del Espíritu Santo. Los mandamientos de la Torá habían actuado como una lupa. Esto había enfocado el problema de la condición humana en un solo lugar: Israel. Pero ahora el representante de Israel, Jesús, el Mesías, pagó por todos esos pecados con su muerte y resurrección. Él derramó su Espíritu sobre su nueva familia para transformar sus corazones y para que pudieran cumplir el principal mandamiento de la Torá: amar a Dios y al prójimo. La renovación de los seres humanos por parte de Dios es el primer paso de su misión más amplia: rescatar y renovar toda la creación para convertirla en un lugar donde expresar su amor.
Aunque los capítulos 1-8 explican cómo se cumplió el propósito eterno de Dios a través de Jesús, nos quedamos con la pregunta sobre el estado de los israelitas que no reconocen a Jesús como su Mesías. ¿De qué manera se cumplen en esta historia las antiguas promesas de Dios para ellos?
Romanos 9-11: El Evangelio cumple la promesa de Dios a Israel
En el capítulo 9, Pablo expresa su propia angustia por los israelitas que no reconocen a Jesús como su Mesías. Luego reflexiona sobre el Israel del pasado y el Antiguo Testamento. Él nos recuerda que el simple hecho de ser un israelita étnico, un descendiente físico de Abraham, nunca ha garantizado que una persona sea un miembro fiel de la familia del pacto de Dios. Pablo nos muestra que Dios siempre ha elegido a un grupo de la familia de Abraham para continuar la línea de la promesa. Su punto es que la línea de la promesa continúa a través de aquellos que siguen a Jesús. Nos recuerda que, durante mucho tiempo, tanto dentro como fuera de la familia de Abraham, se rechazó la voluntad de Dios. Pablo recuerda la historia de Israel y el becerro de oro, así como la rebelión del Faraón, y muestra cómo Dios pudo orquestar los acontecimientos de tal manera que el rechazo del pueblo, en realidad, cumpliera sus propios propósitos redentores.
En el capítulo 10, Pablo dirige su atención al Israel del presente. La razón por la que tantos israelitas rechazan a Jesús es que basan su relación de pacto con Dios en el cumplimiento de los mandamientos de la Torá. Lamentablemente, ellos no reconocen lo que Dios ha hecho a través de Jesús para crear la nueva familia del pacto.
En el capítulo 11, Pablo se pregunta qué pasará con Israel en el futuro. ¿Eliminará Dios a su propio pueblo? Pablo dice que no. Hay muchos judíos, incluyéndose a él mismo, que han reconocido a Jesús como el Mesías, aunque también hay muchísimos que todavía no lo han hecho. Una vez más, Dios usó este rechazo para sus propios propósitos, ya que esto provocó que el Evangelio se extendiera todavía más por el mundo de los no judíos, y así la familia de Abraham se hizo aún más grande y multiétnica. Pablo describió a la familia del pacto de Dios como un gran árbol de olivo. Los que rechazaron a Jesús fueron las ramas que se quebraron, mientras que estos no judíos fueron como ramas silvestres que Dios injertó en el árbol. Sin embargo, Pablo dice que un día su propio pueblo reconocerá a Jesús, no dio detalles sobre cómo sucedería esto; simplemente confió en el carácter de Dios y en sus promesas de que no abandonaría a su pueblo del pacto.

Romanos 12-16: El Evangelio unifica la iglesia
Estas ideas sirvieron de transición hacia la sección final del libro de Romanos, los capítulos 12-16. Debido a su fe en Jesús, tanto los judíos como los no judíos forman parte de la familia de Abraham. El Espíritu de Dios transforma a esta nueva humanidad que cumple las antiguas promesas de Dios. La única respuesta razonable ante esto es que los cristianos judíos y no judíos formen una comunidad eclesiástica unificada.
En los capítulos 12 y 13, Pablo nos muestra que esta unidad proviene de un compromiso con el amor y el perdón. El amor se manifestó cuando cada persona usó sus diversos dones y talentos para servir a los demás. La unidad también significa tener humildad y perdón. Cuando estos diferentes grupos étnicos y culturas se unieron en Jesús, el conflicto fue inevitable y solo se superó mediante el arduo trabajo del perdón. De esta manera, los creyentes mostraron la mayor virtud cristiana, el amor, el cual cumplió los mandamientos más grandes de la Torá: amar a Dios y al prójimo.
Los capítulos 14 y 15 se centran en los problemas que crearon divisiones étnicas en la iglesia, específicamente las disputas sobre las leyes de alimentación judías y la observancia del Sabbat. Pablo dice que estas prácticas no definen quién entra o sale de la familia de Jesús. Las personas necesitan respetar sus diferencias en lugar de discrepar sobre estos temas culturalmente importantes, pero no esenciales. De esta manera, el amor es lo que sana y unifica la familia de Jesús.
Pablo cierra su carta elogiando a Febe, una líder clave de la iglesia en Cencrea. Ella tuvo el honor de llevar y probablemente leer esta carta en voz alta a las iglesias romanas. Pablo concluyó la carta con saludos para todas las personas que no vio durante mucho tiempo.
Todas las piezas de esta carta encajan en una profunda obra maestra de los escritos de Pablo. Explica y sirve para difundir el mensaje de la nueva familia del pacto de Jesús en el siglo I, y continúa haciendo lo mismo en nuestro mundo de hoy.

