Los libros de Reyes
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Aunque, en nuestras Biblias, 1 y 2 Reyes aparecen como dos libros separados, originalmente se escribieron como un solo libro que cuenta una historia unificada. En Samuel, el libro anterior, David había unificado las tribus de Israel en un solo reino. Dios prometió que del linaje de David vendría un rey mesiánico que establecería el Reino de Dios sobre las naciones y cumpliría las promesas hechas a Abraham. Los libros de Reyes cuentan la historia de la larga lista de reyes que vinieron después de David, pero ninguno está a la altura de la promesa. De hecho, llevan a la nación de Israel directo a la ruina.
Estos libros están organizados en cinco movimientos principales. Comienzan y terminan con un enfoque en Jerusalén: primero con el reinado de Salomón y la construcción del templo (1 Rey. 1–11) y terminan con la destrucción de Jerusalén y el exilio de Israel a Babilonia (2 Rey. 18–25). La historia que conduce a esta tragedia forma las tres secciones centrales. Explican cómo Israel se dividió en dos reinos rivales (1 Rey. 12–16), cómo Dios trató de evitar la corrupción de Israel y de sus reyes enviando a los profetas (1 Rey. 17 a 2 Rey. 8), y cómo el exilio se volvió una consecuencia inevitable del pecado de Israel (2 Rey. 9–17).
1 Reyes 1–11: El ascenso de Salomón y su fracaso moral
Los primeros capítulos muestran cómo el reino de Israel pasó de un anciano y debilitado David a su hijo Salomón. Las últimas palabras de David a Salomón se parecen a las de Moisés, Josué y Samuel. Es un llamado a mantenerse fiel a los mandatos del pacto y a ofrecer lealtad únicamente al Dios de Israel. Sin embargo, sus palabras suenan un poco vacías, porque luego David y Salomón conspiran para consolidar el nuevo reino por medio de una serie de asesinatos políticos. Desde el principio, la historia no va por buen camino.
Los momentos más brillantes de Salomón llegan cuando le pide a Dios sabiduría para guiar a Israel e incluso lleva a cabo el sueño de David de construir un templo para el Dios de Israel (1 Rey. 3–8). Aquí, la historia hace una pausa para describir en detalle el diseño del templo. Igual que el tabernáculo en la Torá, el oro, las joyas y las representaciones de ángeles y árboles frutales simbolizan y evocan el jardín de Edén: el lugar donde el Cielo y la Tierra se encuentran y donde Dios habita en paz en medio de su pueblo.

Tan pronto como Salomón termina el templo, toma decisiones realmente terribles, y su reino empieza a desmoronarse. Comienza a casarse con las hijas de otros reyes (¡cientos de ellas!) para hacer alianzas políticas, y adopta sus dioses e introduce la adoración a ellos en Israel. Luego acumula enormes cantidades de riqueza, construye un ejército gigantesco e impone trabajos forzados para todos sus proyectos de construcción. Si observas en Deuteronomio 17 las instrucciones que Dios da a los reyes de Israel, verás que Salomón falla en todas. Para cuando muere, se parece más al faraón que a David.
1 Reyes 12–16: Los reyes de Israel del norte y de Judá del sur
La siguiente sección del libro comienza con Roboam, el hijo de Salomón, quien imita a su padre en una triste historia de codicia y ansias de poder. Intenta aumentar los impuestos y el trabajo forzado, pero las tribus del norte de Israel, bajo el liderazgo de Jeroboam, se rebelan y se separan para formar su propio reino rival. La división quedará así: Judá en el sur, centrado en Jerusalén con reyes del linaje de David, y este nuevo reino del norte, llamado Israel, cuya capital finalmente será Samaria. Jeroboam también construye dos nuevos templos para competir con el que construyó Salomón, y coloca un becerro de oro en cada uno para representar al Dios de Israel. Es una repetición trágica de la historia del fracaso de Israel en Éxodo 32.
Desde el capítulo 12 en adelante, la historia va y viene, de norte a sur, siguiendo el destino de ambos reinos. Cada uno tuvo alrededor de 20 reyes sucesivos y, cuando el autor presenta a cada uno, evalúa su reinado según algunos criterios. ¿Adoraron solo al Dios de Israel o promovieron la adoración de otros dioses? ¿Se deshicieron de la idolatría del pueblo? Y, por último, ¿se mantuvieron fieles al pacto como David o se volvieron corruptos e injustos? Con estos criterios, el autor concluye que del Israel del norte no sale ningún buen rey, y que, en el Judá del sur, solo ocho de los 20 reciben una evaluación positiva.
Esto se relaciona con otro propósito estratégico de los libros de Reyes: presentar el papel de los profetas, que son figuras clave en la historia de Israel. En la Biblia, los profetas no eran adivinos. Más bien, hablaban en nombre del Dios de Israel, actuaban como guardianes del pacto y denunciaban la idolatría y la injusticia entre los reyes y el pueblo. Le recordaban constantemente a Israel su llamado a ser luz para las naciones con su obediencia a los mandamientos de la Torá, y por eso desafiaban a Israel a arrepentirse y seguir a su Dios.
1 Reyes 17–2 Reyes 17: Elías, Eliseo y el exilio de Israel
Para cada rey, Dios levantó profetas que los confrontaran y a quienes tuvieran que rendir cuentas. Los más destacados son los profetas del norte, Elías y su discípulo Eliseo. Elías era un profeta salvaje que vivía en el desierto. Sus archienemigos eran el rey del norte, Acab, y su esposa Jezabel. Juntos habían establecido el culto al dios cananeo Baal por todo Israel. En una historia muy conocida, Elías desafió a 450 profetas de Baal a un duelo para ver cuál Dios era real. Todos construyeron altares y oraron a sus dioses, pero solo el Dios de Israel respondió con fuego. En otra historia, Acab usa su poder real para asesinar a un agricultor israelita y robar la viña de su familia. Elías vuelve a confrontar la injusticia de Acab y anuncia la caída de su dinastía.
Elías finalmente entrega el manto de su liderazgo profético a un joven discípulo llamado Eliseo, quien le pide a Dios tener el doble del poder y la autoridad de Elías. Lo fascinante es cómo el autor relata siete hechos milagrosos de Elías y luego cuenta historias de 14 actos de poder de Eliseo. Aunque ambos profetas fueron hombres claramente extraordinarios y cumplieron el mismo papel de confrontar a los reyes de Israel por la idolatría y la injusticia que provocaban, al final, no lograron que Israel se arrepintiera de su apostasía.
La siguiente sección comienza en 2 Reyes 9, cuando el reino del norte queda sacudido por una sangrienta revolución encabezada por un rey llamado Jehú, quien destruye a la familia de Acab. Aunque al principio fue enviado por Dios, su violencia se vuelve excesiva y desata una espiral de asesinatos políticos y rebeliones de la que el Israel del norte nunca se recuperó. Después de Jehú, siguen múltiples golpes de estado, durante los cuales, cada rey adora a otros dioses y permite una injusticia extrema. Todo esto resulta en lo que vemos en 2 Reyes 17, cuando el gran y temido imperio de Asiria desciende y elimina por completo al reino del norte. La ciudad capital de Samaria es conquistada, y los israelitas son exiliados y dispersados por todo el mundo antiguo.
Podemos decir que 2 Reyes 17 es clave porque el autor se detiene en la historia y ofrece una reflexión profética sobre todo lo que ha pasado hasta ahora. Este atribuye la caída del reino del norte a la idolatría y a la falta de fidelidad al pacto por parte de Israel y de sus reyes. A causa de sus pecados, Dios permitió que su pueblo enfrentara las consecuencias de sus decisiones.
2 Reyes 18–25: Los últimos reyes de Judá y el exilio a Babilonia
El movimiento final de los libros de Reyes cuenta la historia del único reino del sur, Judá. Aquí nos encontramos con algunos reyes bastante heroicos, como Ezequías, que confía en Dios cuando los ejércitos de Asiria golpean las puertas de Jerusalén. O Josías, que descubre un rollo de la Torá perdido en el templo y, después de leerlo, impulsa reformas para intentar eliminar todos los ídolos y las influencias cananeas de la tierra. Pero, lamentablemente, Judá ya está demasiado corrompido. El rey que gobierna entre Ezequías y Josías, Manasés, es, por mucho, el peor de todos. No solo introduce la adoración de estatuas de ídolos en el templo de Jerusalén, sino que también establece el sacrificio de niños. Dios envía profetas para anunciar que el momento ha llegado. Israel se encuentra en un punto sin retorno.

Los capítulos finales, 2 Reyes 24-25, cuentan la historia del imperio babilónico que invade Jerusalén, destruye el templo y se lleva al pueblo y al linaje real de David al exilio. La historia nos deja con la pregunta: ¿ha terminado Dios con Israel y el linaje de David?
Pues bien, el último párrafo salta 40 años hacia adelante, al exilio en Babilonia. Aquí encontramos una breve y extraña historia sobre Joaquín, un descendiente de David que habría sido rey en Jerusalén. El rey de Babilonia libera a Joaquín de la prisión y lo invita a comer en la mesa real por el resto de su vida (2 Rey. 25:27-30). No es gran cosa, pero la historia deja ver un rayo de esperanza que indica que Dios no ha olvidado su promesa a David. Y es esa esperanza la que se explora más a fondo en los libros de sabiduría y en los libros proféticos de la Biblia.

