Josué
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Antes de ver el libro de Josué, vamos a retroceder y recordar la historia de la Biblia hasta ahora. Dios eligió a Abraham para llevar su bendición a las naciones. La familia de Abraham creció y se convirtió en el pueblo de Israel, y después de un tiempo, fueron esclavizados en Egipto. A través de Moisés, Dios rescató a los israelitas, los sacó de Egipto y los llevó hasta el Monte Sinaí, donde hizo un pacto con ellos. Luego, Dios condujo al pueblo a través del desierto a pesar de las dificultades y rebeliones que encontraron en el camino. Por último, mientras el pueblo de Israel acampaba fuera de la tierra prometida, Moisés lo anima a obedecer los mandamientos de Dios, para poder mostrar a las demás naciones el verdadero carácter de Dios. El libro de Josué comienza justo después de la muerte de Moisés, cuando Israel se prepara para entrar en la tierra prometida.
La historia de Josué está diseñada a partir de cuatro movimientos principales. Josué guía a Israel a la tierra prometida (Josué 1-5). Una vez que están allí, se enfrentan a la hostilidad de los cananeos nativos y entran en batalla con ellos (Josué 6-12). Después de sus victorias, Josué divide la tierra como herencia para las doce tribus (Josué 13-22), y por último, el libro concluye con Josué pronunciando sus últimas palabras al pueblo (Josué 23-24).
Josué 1-5: Israel entra en la tierra prometida
El capítulo 1 comienza con la muerte de Moisés y el nombramiento de Josué como el nuevo líder de Israel. El autor presenta intencionalmente a Josué como un nuevo Moisés. De manera similar a su antepasado, Josué llama al pueblo a obedecer los mandamientos del pacto entregado a Israel en el Monte Sinaí, tal y como se se encuentra en la Torá. En el capítulo 2, Josué envía espías a la tierra, al igual que Moisés lo hizo en Números 13-14. Esta vez las cosas salen mucho mejor, e incluso algunos cananeos, como Rahab, la prostituta, deciden dejar sus viejas vidas atrás para seguir al Dios de Israel. Luego Josué guía a todo Israel a través del río Jordan hacia la tierra prometida. Así como el mar se abrió para Moisés en el Éxodo, aquí el río se abre y los sacerdotes que llevan el arca del pacto guían a los israelitas hacia la tierra prometida.

En el capítulo 5, la historia cambia de enfoque cuando los israelitas reflexionan sobre sus orígenes como pueblo del pacto de Dios. La nueva generación es circuncidada en honor a ese pacto y se celebra la primera Pascua en la nueva tierra. Justo cuando se preparan para seguir adelante, Josué tiene un encuentro con un misterioso guerrero quien resulta ser el ángel capitán del ejército de Dios. Josué pregunta: "¿Estás de nuestro lado o del de nuestros enemigos?". El guerrero responde: "De ninguno de los dos", lo que muestra que la verdadera pregunta es si Josué estaba del lado de Dios. El capítulo 5 deja claro que esta historia no será sobre los israelitas contra los cananeos. Más bien, se trata de la batalla de Dios. Israel jugará el rol de espectador y solo a veces de participante en sus propósitos.
Josué 6-12: Batallas victoriosas sobre los cananeos
Esto nos lleva a la siguiente sección del libro de Josué, en la que encontramos historias sobre todos los conflictos que Israel tuvo con los diferentes grupos de cananeos cuando entraron en la tierra prometida. Los capítulos 6 al 8 relatan la historia de dos batallas detalladamente, seguidos de los capítulos del 9 al 12, que son una serie de relatos cortos que condensan en breves resúmenes años de batallas.
Las dos primeras batallas contra Jericó y Hai ofrecen imágenes contrastantes de la fidelidad de Dios y el fracaso de Israel. En Jericó, Israel debe adoptar un enfoque completamente pasivo, dejando que la presencia de Dios en el arca los guíe alrededor de la ciudad con música durante seis días. Así como Rahab se volvió al Dios de Israel, tal vez el pueblo de Jericó haga lo mismo. Tristemente, no lo hacen, y así el séptimo día, cuando los sacerdotes tocan sus trompetas, los muros se desmoronan milagrosamente e Israel es guiado a la victoria. El punto de la historia es que Dios es quien liberará a su pueblo. Israel solo necesita confiar y esperar.
La batalla de Hai nos muestra un punto de contraste, mostrando lo que sucede si Israel no confía en su Dios. Un israelita llamado Acán robó bienes de Jericó que debían ser dedicados y ofrecidos a Dios. Luego miente sobre ello, una actitud bastante egoísta después de todo lo que Dios había hecho por Israel. Así que cuando Israel entra en batalla con la ciudad de Hai, son derrotados. Es solo después de un arrepentimiento humilde y de lidiar con severidad con el pecado de Acán que obtienen la victoria sobre Hai.
Estas dos historias están colocadas juntas al frente de las narraciones de las batallas para resaltar un punto importante. Para heredar la tierra, Israel tiene que ser obediente y confiar en los mandamientos de Dios. Esta no es su batalla, y Dios no es su trofeo.
La segunda parte de esta sección comienza en el capítulo 9, cuando los gabaonitas, un grupo del pueblo cananeo, hacen lo mismo que hizo Rahab: se vuelven al Dios de Israel y hacen las paces. Esto contrasta con muchos otros reyes cananeos, que forman coaliciones para destruir a Israel. Sin embargo, Israel gana todas estas batallas de manera aplastante. La sección concluye con una lista resumida de todas las victorias ganadas por Moisés y Josué (Josué 12).
Ahora, hagamos una pausa por un momento, porque lo más probable es que estas historias y la violencia descrita en las batallas te molesten. Si eres un seguidor de Jesús, seguramente te preguntarás: "¿No dijo Jesus que teníamos que amar a nuestros enemigos? ¿Por qué aquí Dios está declarando la guerra?".
En primer lugar, ¿por qué los cananeos? Las razones principales que se dan son que su cultura se había vuelto moralmente corrupta, especialmente con respecto al sexo (Levítico 18), y porque practicaban ampliamente el sacrificio de niños (Deuteronomio 12:29-31). Dios no quería que estas prácticas influenciaran a Israel, por lo que estos grupos debían ser expulsados.
Pero eso solo nos lleva a plantearnos la segunda pregunta: "¿Realmente Dios ordenó la destrucción de todos los cananeos, algo así como un genocidio?". A primera vista, vemos las frases "destruirás por completo" y "no dejarás con vida a nadie" o "nada que respire". Sin embargo, cuando lo analizamos más detenidamente, descubrimos que el autor utiliza estas frases como hipérbole y que no deben interpretarse literalmente.
Mira de nuevo el mandato original de Dios en Deuteronomio 7. Primero se le dice a Israel que "expulse" a los cananeos y también que los "destruya por completo". Esto viene inmediatamente seguido por los mandamientos sobre no casarse ni hacer negocios con ellos. ¡No puedes casarte o hacer negocios con alguien que has destruido literalmente! Moisés está usando una hipérbole, una expresión exagerada, para demostrar su punto de vista con fuerza.
La misma idea se aplica a las historias narradas en Josué. Por ejemplo, en Josué 10:36-39 se nos dice que Israel "no dejó sobrevivientes" ni en Hebrón ni en Debir, pero más adelante, en 15:13-15, estas ciudades siguen estando pobladas por cananeos. De esta manera, las historias de Josué concuerdan con otros relatos antiguos de batallas en su uso de la hipérbole no literal como parte del estilo narrativo.
Así que la palabra "genocidio" en realidad no encaja con lo que vemos aquí, especialmente a la luz de las historias sobre los cananeos que sí aceptaron al Dios de Israel, como Rahab o los gabaonitas. Dios estaba muy abierto a todos los que se arrepintieron y confiaron.
Como reflexión final, estas historias marcan un momento único en la historia. Estas batallas se limitaron a un puñado de grupos de personas que vivían en la tierra llamada Canaán. Sabemos que esta era una medida temporal y limitada, ya que Dios ordenó a Israel que buscara la paz con todas las demás naciones (Deuteronomio 20). El propósito de estas historias de batalla nunca fue decirle al lector que cometiera actos violentos en nombre de Dios. Más bien, muestran a Dios ejecutando su justicia sobre la maldad humana y liberando a Israel de la aniquilación a manos de los cananeos.
Josué 13-24: La división de la tierra y un llamado a la fidelidad
Ahora, volvamos al diseño del libro. Después de años de batallas, Josué ya anciano divide la tierra entre las 12 tribus (Josué 13-22). La mayor parte de esta sección es una lista de fronteras. Y seamos honestos en este punto, es un poco aburrido y difícil de visualizar. ¡Es como leer un mapa que no tiene imágenes! Para los israelitas, sin embargo, estas listas eran muy importantes. Este fue el cumplimiento de la antigua promesa de Dios a Abraham de que sus descendientes heredarían la tierra (Génesis 12:6-7). Así que ahora todo se estaba cumpliendo, hasta el último detalle.

Todo esto nos lleva a la sección final que se encuentra en los capítulos 23 y 24. Josué pronuncia dos discursos finales ante el pueblo, muy similares a los discursos finales de Moisés en Deuteronomio. Josué les recuerda la generosidad de Dios al llevarlos a la tierra y rescatarlos de los cananeos. Los llama a alejarse de los dioses cananeos y a ser fieles al pacto que hicieron con Dios. Si lo hacen, eso les dará vida y bendiciones en la tierra. Pero si son infieles, Israel atraerá sobre sí mismo el mismo juicio divino que sufrieron los cananeos, y serán expulsados de la tierra y volverán al exilio.
El libro termina con Josué presentando una decisión crucial para Israel. ¿Qué van a hacer? Esa es la gran pregunta que surge al llegar al final del libro de Josué.
Preguntas más frecuentes
Estas son algunas de las preguntas más comunes que la gente nos hace en línea sobre este libro.
El retrato bíblico de Canaán es complejo. La tierra de Canaán se describe como un lugar que "mana leche y miel" (Éxodo 3:8; Éxodo 3:17), una imagen de abundancia que recuerda la abundancia del jardín del Edén (Génesis 2). Dios promete dar esta tierra fructífera a Abraham y a sus descendientes (Génesis 15:18).
Pero cuando los israelitas entran en la tierra, esta está ocupada por varias naciones cananeas que practican costumbres contrarias al camino de Dios, como el sacrificio de niños (Deuteronomio 12:31). Según Levítico 18:24-25, este tipo de comportamiento contamina la tierra y es por eso que la misma tierra expulsa a los cananeos. Pero Dios tiene paciencia con ellos, espera por siglos hasta que su malas acciones lleguen a su "colmo" antes de juzgar (Génesis 15:16).
Dios también advierte a los israelitas que nunca sigan los pasos de los cananeos, o ¡correrán el riesgo de que la tierra los expulse a ellos también! (Levítico 18:26-28). Y, eso es exactamente lo que ocurre cuando los israelitas son enviados al exilio en Babilonia. Así que, mientras que Canaán puede simbolizar la abundancia por ser la tierra prometida por Dios, los cananeos pueden simbolizar a aquellos que viven en oposición a los caminos de Dios. Inclusive, el propio pueblo de Dios puede actuar como los cananeos, lo cual les lleva a sufrir las mismas consecuencias destructivas que sufrieron los cananeos.
Sin embargo, la Biblia hebrea también presenta a algunos cananeos bajo una luz positiva. Abraham tiene buenas relaciones con sus vecinos cananeos, y algunos aliados cananeos incluso arriesgan sus propias vidas para ayudarlo a rescatar a su sobrino Lot de los reyes invasores (Génesis 14:13-16; Génesis 14:24). Además, Rahab de Jericó (Josué 2) y Caleb el cenezeo (Números 32:12; véase Génesis 15:18-19) se alinean con el pueblo de Israel y su Dios, y como resultado, terminan recibiendo la bendición de Dios.
La Biblia nunca nos dice explícitamente por qué Dios eligió a Canaán como la tierra prometida a los descendientes de Abraham. Pero forma un puente terrestre entre las principales potencias mundiales, lo que lo convierte en un lugar ideal para que los israelitas cumplan su llamado de ser "luz para las naciones" (Isaías 42:6; véase también Isaías 60:1-3).
También se describe como una tierra que "fluye leche y miel" (Éxodo 3:8; Éxodo 3:17), un lugar fértil donde Dios proveerá generosamente a los israelitas. Pero a diferencia de Egipto, cuya fertilidad proviene de las inundaciones anuales del Nilo, Canaán necesita lluvia para cultivar. Esto la hace más susceptible a sufrir hambrunas (véase Génesis 12:10; Génesis 26:1; Rut 1:1; 2 Samuel 21:1). Así que los israelitas deben depender de que Dios traiga lluvia, lo cual sucederá si lo siguen (Levítico 26:3–5).
La decisión de Dios de dar la tierra de Canaán a los israelitas no significa que Dios les esté dando permiso para hacer lo que quieran con ella, sino todo lo contrario. Dios les recuerda continuamente que viven como "extranjeros" y "forasteros" en la tierra (Levítico 25:23). No deben contaminar la tierra (Levítico 18:24-30), sino permitir que descanse cada séptimo año (Levítico 25:1-7). Así que para Israel, Canaán es tanto un regalo como una responsabilidad de cuidar fielmente la tierra de Dios.
Éxodo 23:28-30 dice que Dios no expulsará a todo el pueblo que vive en Canaán de una sola vez. ¿Pero por qué no? Porque hacerlo desolaría la tierra y causaría que los animales salvajes aumentaran. Así, se convertirían en una amenaza para los israelitas. En su lugar, el proceso de expulsión de los cananeos es lento. Y debido a que Israel vivirá cerca de los cananeos durante muchos años, Dios les advierte que no cometan el error de formar alianzas con los cananeos o sus dioses (Éxodo 23:32-33).
Sin embargo, los israelitas violan tanto la relación como el acuerdo con Dios; abandonan a Dios y adoran a los dioses de sus vecinos cananeos. Así que Dios les dice que ya no iba a expulsar a las naciones poderosas que quedaran en la tierra (Jueces 2:1-3; Jueces 2:20-21).
Aquellos que no fueran expulsados iban a permanecer con el propósito de poner a prueba a los israelitas para ver si elegirían seguir a Dios o caminar en los caminos de los cananeos (Jueces 2:22-23).
En el libro de los Jueces (justo después de Josué) aprendemos que, una y otra vez, los israelitas eligen adoptar las costumbres de los cananeos. Al hacerlo, pierden la bendición de la protección de Dios.
Según la Biblia hebrea, Dios juzga a las ciudades cananeas porque sus habitantes practican costumbres abominables que contaminan la tierra (Levítico 18:24-25; Deuteronomio 12:29-31). Aun así, cuando los israelitas se encuentran con su primera ciudad cananea, Jericó, no la atacan de inmediato. En su lugar, siguiendo las instrucciones de Dios, marchan alrededor de la ciudad durante seis días. Luego, el séptimo día, dan siete vueltas alrededor de la ciudad, gritando en voz alta. Y mientras marchan y gritan, Dios hace que los muros de la ciudad se derrumben (Josh. 6:1-20).
Antes del inicio de la marcha de siete días alrededor de la ciudad por parte de los israelitas, Josué envía a dos espías a la ciudad. El rey de Jericó viene a buscarlos, pero una prostituta cananea llamada Rahab esconde a los espías y los ayuda a escapar (Josué 2). Ella ha oído hablar de lo que Yahweh ha hecho por Israel, y se alinea con los israelitas y su Dios. Y como resultado, ella y su familia son perdonados (Josué 6:22-25).
Entonces, ¿qué sentido tiene este extraño plan de batalla de marchar alrededor de la ciudad durante siete días? En parte, le da tiempo al pueblo de Jericó para responder de manera similar a Rahab y volverse hacia Yahweh. También le deja claro a Israel que esta es la batalla de Dios. Esta guerra no se ganará con la fuerza de Israel, y tampoco es para su enriquecimiento. Incluso reciben instrucciones de dedicar la riqueza de Jericó a Dios (Josué 6:18-19). Pero cuando un israelita llamado Acán se apodera del saqueo, se alinea con los cananeos y, por lo tanto, es tratado como un cananeo (Josué 7).
Así pues, la historia de Jericó muestra que el libro de Josué trata sobre algo más que una batalla entre israelitas y cananeos. Todos los que se vuelven hacia Yahweh y siguen sus caminos, ya sean israelitas o cananeos, reciben sus bendiciones. Pero aquellos que se alejan de él, ya sean israelitas o cananeos, enfrentan las consecuencias de su elección.
Cuando los israelitas entran en la tierra prometida, Dios los lleva a batallar contra los cananeos que ya viven allí. Dios podría haber vencido a los enemigos de Israel sin exigirle al pueblo que luchara, como cuando envió plagas sobre Egipto para rescatarlos de la esclavitud. Pero aquí Dios los instruye para que enfrenten a sus enemigos en batalla y confíen en él en cuanto al resultado (Deuteronomio 20:1).
La Biblia no nos explica por qué Dios llama a los israelitas a luchar, pero el libro de Josué socava algunas suposiciones antiguas comunes sobre la guerra. Israel no lucha como las otras naciones. Su éxito en la batalla proviene de Dios, más que de su propia fuerza militar (Josué 6; Salmo 44:3).
Y Dios promete dar la victoria a los israelitas, incluso cuando se enfrentan a naciones mucho más poderosas que ellos, si siguen sus instrucciones (Deuteronomio 9:1-3; Deuteronomio 11:22-25). Cuando no lo escuchan, Dios no lucha por ellos. Por ejemplo, Dios ordena a los israelitas que no tomen ningún botín cuando derroten a la ciudad de Jericó. Así que, cuando un hombre llamado Acán esconde algo en su tienda, Israel es derrotado en su batalla contra Hai (Josué 7). Pero después de que el pueblo resuelve el problema de los bienes robados, Dios les da la victoria sobre Hai Josué 8).
Dios le deja claro a Israel que no está de su lado. Más bien, Dios invita a los israelitas a alinearse con él (Josué 5:13-14). Así, la lucha de Israel contra los habitantes de la tierra prometida se convierte en una oportunidad para confiar en Dios y seguir sus caminos.
Cuando Dios le ordena a Moisés que nombre a Josué como líder de Israel, lo describe como "un hombre en quien está el Espíritu" (Números 27:18). Desde el principio, Josué demuestra su carácter lleno del Espíritu como ayudante de Moisés. Éxodo 33 describe a Moisés hablando cara a cara con Dios en la tienda de reunión y luego regresando al campamento de Israel, mientras Josué permanecía atrás en la tienda de campaña (Éxodo 33:11). Incluso en su juventud, Josué anhelaba la presencia de Dios.
Más tarde, Josué es uno de los dos únicos espías enviados a Canaán que da un reporte positivo, mientras que los informes de los otros espías generan miedo y desconfianza. Josué confía en que Dios protegerá a Israel cuando entren en la tierra prometida (Números 13:1-14:10).
Cuando Josué se convierte en el líder de Israel tras la muerte de Moisés, Dios lo llama a seguir sus instrucciones con valentía (Josué 1:7). Y Josué lo hace, incluso cuando las instrucciones de Dios no tienen sentido desde una perspectiva humana. Cuando los israelitas entran en Canaán, Dios le dice a Josué que su plan de batalla contra Jericó consiste en hacer que el pueblo marche siete veces alrededor de la ciudad. Josué obedece y la ciudad cae (Josué 6:1-21).
Pero Josué también comete grandes errores. Cuando una nación enemiga envía un mensajero disfrazado para firmar un tratado con Israel, Josué cae en la trampa porque no pide sabiduría a Dios antes de aceptar la oferta que le hicieron (Josué 9:14-15).
A pesar de sus imperfecciones, Josué se esfuerza constantemente por seguir a Dios y exhorta a Israel a hacer lo mismo. Antes de su muerte, Josué lleva a los israelitas a renovar su pacto con Dios, comprometiéndose él mismo: "Yo y mi casa, serviremos a Yahweh" (Josué 24:15, traducción de Proyecto Biblia).
Cuando los israelitas luchan contra los amorreos, Josué ora para que el sol se detenga y Dios escucha su oración (Josué 10:1-14). Si bien esta historia está llena de enigmas y ambigüedades, resalta la extraordinaria ayuda que Dios a veces brinda a las personas.
La Biblia no nos dice por qué Josué hizo esta petición. Tal vez esté pidiendo más horas de luz del día para que sus tropas no tengan que luchar en la oscuridad, aunque esto parece innecesario porque la batalla comienza al amanecer (Josué 10:9). Otra posibilidad es que haya pedido un eclipse o alguna otra forma de presagio en el cielo, que podía alentar a sus tropas o aterrorizar a sus enemigos.
Aunque el razonamiento detrás de la solicitud de Josué sigue siendo poco claro, el efecto de la respuesta de Dios es innegable. Cuando Josué va a la batalla contra los amorreos, Dios le dice que no tenga miedo; y promete: "Los he entregado en tus manos; ninguno de ellos quedará parado (‘amad) ante ti" (Josué 10:8, traducción de Proyecto Biblia). La promesa de Dios es verdadera, los amorreos no pudieron resistir a Israel en la batalla, y esto se resalta cuando el sol y la luna "se quedaron parados" (‘amad) en respuesta a la oración de Josué (Josué 10:13).
Esta historia también recuerda detalles de las victorias anteriores de Israel para demostrar que Dios lucha sus batallas por ellos; solo Dios les da éxito. Dios envía granizo sobre los amorreos (Josué 10:11), así como el granizo cayó sobre Egipto durante las plagas (Éxodo 9:18-35). Y el sol "se detiene" ('amad) igual que las aguas del Jordán "se detuvieron" ('amad) para dejar que los israelitas pasaran cuando entraron en Canaán (Josué 3:16). Con su victoria contra los amorreos, Dios demuestra que intervendrá de manera poderosa cuando Israel esté dispuesto a confiar en él para ser liberado.

