Éxodo

Éxodo es el segundo libro de la Biblia. Reanuda la historia bíblica justo donde la dejó Génesis. Jacob, nieto de Abraham, y su familia compuesta por setenta personas, se dirigen a Egipto, donde José, uno de los hijos de Jacob, había sido ascendido a segundo al mando. La familia vivió y creció en Egipto, un refugio seguro durante muchos años.
Después de algunos cientos de años, comienza la historia de Éxodo. La palabra “éxodo” se refiere al evento principal que tiene lugar en la primera mitad del libro, el éxodo de Israel de Egipto. El libro también tiene una segunda mitad que tiene lugar al pie del Monte Sinaí. Por ahora, nos enfocaremos en la primera mitad. Han pasado siglos y los israelitas "fueron fructíferos, se multiplicaron y llenaron la tierra" (Éxodo 1:7).
Esta frase es un eco deliberado de la bendición que Dios le dio a la humanidad en el jardín (Génesis 1:28), y nos recuerda la historia general hasta ahora. Cuando la humanidad perdió la bendición de Dios por su pecado y rebelión, la respuesta de Dios consistió en elegir a la familia de Abraham como el medio a través del cual restauraría su bendición al mundo.
Éxodo 1-4: La esclavitud de Israel bajo el faraón
Sin embargo, el nuevo faraón, no ve a Israel como una bendición. Él piensa que este grupo creciente de inmigrantes israelitas es una amenaza para su poder. Así que, al igual que en Génesis, la humanidad se rebela contra Dios. Faraón intenta destruir a los israelitas esclavizándolos brutalmente y utilizándolos para realizar trabajos forzados. Esto ya es malo, pero empeora cuando ordena que todos los niños israelitas sean ahogados en el río Nilo.
Este faraón es el personaje más malvado de la Biblia hasta ahora y su reino ejemplifica la rebelión de la humanidad contra Dios. Faraón ha redefinido el bien y el mal de acuerdo a sus propios intereses, de tal manera que aun el asesinato de niños inocentes se convierte en algo "bueno". Egipto se ha vuelto peor que Babilonia, e Israel clama por ayuda contra esta nueva forma de maldad. Dios responde y lo primero que hace es darle un revés al plan malvado del faraón. Una madre israelita arroja a su hijo al Nilo. Protegido dentro de una cesta, el niño flota directamente hasta donde está la mismísima familia del faraón. Este niño se llama Moisés. Después de un tiempo, crece y se convierte en el hombre que Dios usará para vencer al faraón.
En la famosa historia de la zarza ardiente, Dios se le aparece a Moisés y le encarga que se presente ante el faraón y le ordene que libere a los israelitas. Dios dice que sabe que el faraón se resistirá. Pero Dios planea ejecutar su justicia sobre Egipto en forma de plagas, endureciendo el corazón del faraón.
Éxodo 5-15: Las diez plagas y el endurecimiento del corazón del faraón
La confrontación entre Dios y el faraón es el foco principal de esta narración, pero ¿qué significa que Dios endurecerá su corazón? Es importante leer esta parte de la historia muy cuidadosamente y en secuencia. En el primer encuentro entre Moisés y el faraón, simplemente se nos dice que el corazón del faraón "se endureció", sin implicar ninguna acción por parte de Dios.
Dios envía las primeras cinco plagas, cada una de ellas confronta al faraón y a sus dioses. Con cada plaga, Moisés le ofrece una oportunidad al faraón, para que se humille y deje ir al pueblo. Sin embargo, después de cada plaga, se nos dice que Faraón "endureció su corazón", o que su "corazón se endureció". Él hace esto por su propia voluntad. Es solo con el segundo grupo de cinco plagas que empezamos a escuchar que Dios endureció el corazón del faraón
El punto es que aunque Dios sabía que el faraón se resistiría a hacer su voluntad, Dios igualmente le ofreció muchas oportunidades para hacer lo correcto. Con el tiempo, la maldad del faraón llega a un punto sin retorno, tanto que hasta sus consejeros piensan que ha perdido la razón. En ese momento, Dios toma el control y doblega la maldad del faraón para sus propios fines redentores. Él hace que el faraón caiga en su propia trampa y salva a su pueblo.
Con la plaga final, la noche de Pascua, Dios le da un revés a la jugada del faraón. Así como el faraón mató a los hijos de los israelitas, ahora Dios matará a los primogénitos de Egipto. Sin embargo, a diferencia del faraón, Dios proveerá un medio de escape a través de la sangre de un cordero.
Aquí la historia se detiene y nos presenta el ritual anual israelita de la Pascua (Éxodo 12-13). La noche anterior a que Israel saliera de Egipto, debían sacrificar un cordero joven y sin mancha, y pintar con la sangre del mismo, el marco de la puerta de sus casas. Cuando la plaga divina descendió sobre Egipto, las casas cubiertas con la sangre del cordero fueron "pasadas por alto" y los hijos fueron librados. Desde entonces, cada año, los israelitas recrean esta noche para recordar y celebrar la justicia y la misericordia de Dios.
Debido a su orgullo y rebelión, el faraón pierde a su hijo y al final, se ve obligado a dejar libres a los israelitas. Los esclavos israelitas escapan de Egipto, pero tan pronto como salen, el faraón cambia de opinión. Reúne a su ejército y los persigue para un enfrentamiento final, con la intención de matarlos junto a las aguas del mar. Sin embargo, cuando los israelitas corren hacia el mar, descubren que Dios les ha proporcionado tierra firme sobre la cual caminar. Pero cuando el faraón los persigue, las aguas se levantan a su alrededor y lo destruyen.

Esta parte del libro de Éxodo concluye con la primera canción de alabanza de la Biblia que se llama "La canción del mar" (Éxodo 15). La última línea declara que "el Señor gobierna como rey", y la canción relata poéticamente en qué consiste el Reino de Dios. Dios tiene la misión de confrontar la maldad en su mundo, redimir a los esclavizados por el mal y llevarlos a la tierra prometida donde su divina presencia vivirá con ellos. Esto es lo que sucede cuando Dios se convierte en el Rey de su pueblo.
Éxodo 16-18: Murmuración en el desierto
Después de que el pueblo canta su canción, la historia da un giro sorprendente. Los israelitas atraviesan el desierto de camino al Monte Sinaí y tienen mucha hambre y sed. En su angustia, ¡comienzan a criticar a Moisés y a Dios por rescatarlos de Egipto! Aunque Dios en su gracia provee comida y agua para su pueblo, estos acontecimientos proyectan una sombra oscura. Como lectores, nos preguntamos si es posible que el corazón de Israel sea tan duro como el del faraón. Nos quedamos con esa inquietante pregunta mientras continuamos nuestra lectura sobre la experiencia de Israel en el Monte Sinaí.
Éxodo 19-31: El pacto en el Sinaí

La segunda mitad del libro de Éxodo comienza justo cuando Moisés guía a Israel al pie del Monte Sinaí (Éxodo 19), donde Dios invita a la nación a entrar en una relación de pacto. Es aquí donde llegamos a otro momento clave en la gran historia global de la Biblia. Este momento desarrolla la promesa de Dios a Abraham: que a través de él y su familia, Dios restauraría su bendición a todas las naciones (Génesis 12; Génesis 15; Génesis 17). Dios dice que si el pueblo de Israel obedece los términos del pacto se convertirá en un "reino de sacerdotes" (Éxodo 19:6), y actuará como representante de Dios ante las naciones, mostrando el carácter de Dios a través de la forma en que vivirán. De esta manera, la justicia y la misericordia de Dios llegarán a las naciones.
El pueblo acepta con entusiasmo la oferta, y la presencia de Dios aparece sobre la montaña en forma de una nube. Moisés sube como representante del pueblo, y Dios da los términos básicos del pacto – los famosos Diez Mandamientos. Estas son reglas fundamentales que establecen cómo los israelitas deben relacionarse con Dios y entre sí. Después de esto viene una colección de cincuenta y dos mandamientos más, que amplían los primeros diez con más detalles. Y también hay leyes sobre la adoración de Israel y la justicia social, que dan forma a cómo Israel debía vivir de manera diferente a las otras naciones. Moisés escribió todas estas leyes y se las llevó al pueblo, que aceptó con entusiasmo los términos del pacto.
Luego Dios lleva la relación un paso más adelante. Le dice a Moisés que quiere que su santa y divina presencia more en medio de Israel. Esto desarrolla otro aspecto de la promesa original del pacto de Dios del libro de Génesis. Después de la rebelión de la humanidad en el jardín del Edén, se perdió el acceso a la presencia de Dios. Sin embargo, a través de la familia de Abraham, la presencia de Dios se hace de nuevo accesible, primero a Israel en el Monte Sinaí y algún día a todas las naciones.
Los siete capítulos siguientes (Éxodo 25-31) detallan los planos arquitectónicos de una carpa o tienda sagrada llamada tabernáculo. Hay un patio exterior con un altar, una habitación externa e interna en el centro de la carpa, y dentro de la habitación interna (llamada el lugar del santísimo) hay un cofre de oro con criaturas angelicales sobre ella, llamada el arca del pacto. El arca actúa como el "punto de acceso" de la presencia de Dios.
Hay muchos detalles en estos capítulos, pero es importante saber que cada objeto tiene un valor simbólico. Todas las flores, ángeles, oro y joyas nos recuerdan al jardín del Edén, el lugar donde Dios y los humanos vivían juntos en intimidad. En otras palabras, el tabernáculo es un Edén portátil donde Dios e Israel pueden vivir juntos en paz. Así es como podría haber funcionado, en teoría, pero las cosas salen mal e Israel rompe el pacto.
Éxodo 32-40: La rebelión de Israel en el desierto
Mientras Moisés está en la cima de la montaña recibiendo los planos para el tabernáculo, los israelitas pierden la paciencia en el campamento. Le piden a Aarón, el hermano de Moisés, que haga un ídolo en forma de becerro de oro para que puedan adorarlo como el dios que los salvó de la esclavitud en Egipto. Los israelitas rompen los dos primeros mandamientos del pacto: no hacerse ídolos ni tener otros dioses, incluso mientras la presencia de Dios se cierne sobre la cima de la montaña.
Lo que viene a continuación es crucial para el resto de la historia bíblica y para cómo entendemos el carácter de Dios. Primero, Dios habla con Moisés y le expresa su ira y dolor. Desahoga sus sentimientos y le dice que quiere borrar toda la nación de Israel de la faz de la Tierra. Después de escuchar, Moisés intercede apelando al carácter de Dios, diciendo que esto significaría retractarse de sus promesas del pacto hecho con Abraham. Moisés también apela a la reputación de Dios entre las naciones. ¿Qué iban a pensar los egipcios si él permitía que Israel muriera en el desierto? Dios acepta la intercesión de Moisés y desiste. Y si bien Dios hace justicia a los que instigaron la idolatría, perdona a la nación completa y renueva el pacto con ellos. Es en este punto que Dios se describe a sí mismo ante Moisés. "El Señor es compasivo y clemente, lento para la ira y grande en su fidelidad al pacto. Él perdona el pecado, pero no dejará impune al impío" (Éxodo 34:6-7). En otras palabras, Dios está lleno de misericordia, pero al afirmar ser bueno, debe lidiar con el mal. Por encima de todo, Dios es fiel a sus promesas, incluso si eso significa comprometerse con personas que no son fieles.

Después de renovar el pacto, Dios le encarga a Moisés que construya el tabernáculo, que se detalla en los cinco capítulos siguientes (Éxodo 35-39). Todo cobra sentido en el capítulo final (Éxodo 40). El tabernáculo está terminado, y la presencia gloriosa de Dios viene y se cierne sobre la carpa. ¡Esto nos llena de esperanza! Pero cuando Moisés va a entrar a la carpa, descubre que no puede. Se le impide entrar, y así, el libro de Éxodo llega a un fin repentino.
Vemos que el pecado de Israel ha dañado su relación con Dios más profundamente de lo que nos habíamos imaginado. El libro comenzó con la maldad del faraón amenazando a Israel, pero al final del libro, Israel se ha convertido en su peor enemigo. El pecado y la idolatría del propio pueblo de Dios se ha convertido en la mayor amenaza a las promesas de su pacto ¿Cómo va a hacer Dios para reconciliar el conflicto entre la santidad y la bondad de su presencia con la corrupción pecaminosa de su propio pueblo? Esa es la pregunta que el siguiente libro, Levítico, se propone responder.
Preguntas más frecuentes
Estas son algunas de las preguntas más comunes que la gente nos hace en línea sobre este libro.
El libro de Éxodo establece un patrón de salvación que se repite a lo largo de la Biblia. Cuando Dios libera a su pueblo de la esclavitud en Egipto, revela su deseo continuo de rescatar a las personas de la opresión y la muerte. Éxodo muestra que el objetivo final de la liberación de Dios es invitar a las personas a vivir en su presencia. Después de que Dios sacó a los israelitas de Egipto, entra en una relación de pacto con ellos; les da sabiduría para vivir de manera tal que reflejen su identidad como su pueblo. También les llama a construir una carpa o tienda portátil, el tabernáculo, donde él pueda morar entre ellos mientras viajan por el desierto hacia la tierra que prometió a sus antepasados.
El patrón de Éxodo encuentra su cumplimiento final en Jesús. Su vida, muerte y resurrección trazan un camino para que sus seguidores salgan de la muerte y entren en la nueva tierra prometida, el reino de los cielos. Cuando el Hijo de Dios se hizo humano, Juan 1:14 dice que "habitó entre nosotros", y a través del uso de un verbo (skenoo) que está relacionado con la palabra griega para "tabernáculo" (skene). En otras palabras, Jesús se convierte en el nuevo tabernáculo donde la presencia de Dios habita entre su pueblo. Y establece un "nuevo pacto" (Lucas 22:20), invitando a todos a entrar en una relación de pacto con él para que puedan seguir sus pasos hacia una nueva vida.
Aunque la Biblia no dice explícitamente por qué Dios escogió a Moisés para sacar a los israelitas de la esclavitud en Egipto, sí proporciona una idea de por qué Moisés es un candidato ideal para hacerlo. Las experiencias de la vida de Moisés coinciden estrechamente con el éxodo de Israel y lo preanuncian, lo que lo convierte en la persona idónea para guiarlos.
Cuando era un bebé, Moisés se enfrentó a la muerte cuando el faraón declaró que todos los niños varones israelitas debían ser arrojados al río Nilo (Éxodo 1:22). La madre de Moisés eventualmente cumplió con la orden del faraón, pero lo colocó en un "arca" protectora (hebreo tevah, Éxodo 2:3; véase Génesis 6:14). Luego es rescatado de las aguas de la muerte cuando la hija del faraón lo saca del río y lo adopta como su hijo. Habiendo experimentado él mismo la liberación de Dios en el éxodo, Moisés debía confiar en que Dios también podía rescatar a Israel.
Mientras Moisés vivía en Egipto, mostró compasión por su pueblo cuando mató a un capataz egipcio que golpeaba a un esclavo israelita (Éxodo 2:11-12). Su deseo es rescatar a su pueblo, pero su acción muestra una falta de juicio. No busca la voluntad de Dios acerca de cuándo y cómo Dios planea efectuar la liberación.
Aunque las experiencias y el carácter de Moisés lo hacen especialmente calificado para el trabajo de guiar a los israelitas, él se resiste a aceptarlo. Así que Dios le asegura a Moisés que él estará con él (Éxodo 3:11-12). Moisés librará al pueblo, no por su propia fuerza, sino por el gran poder de Dios.
Después de que Dios llama a Moisés para que saque a los israelitas de Egipto, Moisés le pregunta a Dios su nombre. En el mundo antiguo, los nombres reflejaban la identidad y el carácter de una persona. Así que Dios responde: "Yo soy (en hebreo 'ehyeh) el que soy ('ehyeh)" (Éxodo 3:14), que está relacionado con el nombre revelado de Dios: Yahweh.
El verbo hebreo hayah, que aparece en ambas formas del nombre de Dios, refleja su existencia continua, autosuficiente e inmutable. Su ser no depende de nadie ni de nada. Él simplemente es. Él es el que hace que todo lo demás surja y su carácter es consistente y confiable.
"Yo soy el que soy" también está profundamente relacionado con el deseo de Dios de estar con su pueblo. Cuando Moisés oye por primera vez el llamado desafiante de Dios, se resiste. ¿Cómo podía él, un pastor exiliado, liberar a una nación esclavizada de una gran potencia mundial como Egipto? Dios es paciente con sus dudas y temores, y declara: "Yo estaré ('ehyeh) contigo" (Éxodo 3:12). Al usar una parte de su nombre en la promesa que hizo a Moisés, Dios enfatiza que esta promesa es un compromiso grabado en su identidad y carácter. Él es el Dios del éxodo, que libra fielmente a su pueblo de la opresión y lo lleva a vivir con él.
Cuando Dios llama a Moisés para que salve a los israelitas de la opresión en Egipto, Moisés duda de que el pueblo crea que Dios lo ha enviado. Así que Dios le da a Moisés tres señales para demostrar su autoridad. Primero, le dice a Moisés que arroje su vara al suelo. La misma se convierte en una serpiente y debido a esto, Moisés huye asustado. Pero Dios le invita a "extender" (shalakh) su mano y agarrar la serpiente por la cola. Y cuando lo hace, la serpiente vuelve a convertirse en una vara. Agarrar la serpiente por la cola es arriesgado, ya que deja la cabeza libre para atacar. Así que la acción de Moisés refleja su confianza en que Dios lo protegerá. Pero también simboliza algo mucho más profundo.
En el antiguo Egipto, el faraón a menudo se asociaba con la imagen de una serpiente; lo que usaba sobre su cabeza, el Ureo, tenía la forma de una cobra. En la instrucción de Dios a Moisés de "extender (shalakh)" su mano y recoger la serpiente, Dios repite deliberadamente el lenguaje de su promesa anterior a Moisés: "Extenderé (shalakh) mi mano y heriré a Egipto con todos mis milagros que haré en medio de él, y después de eso, los dejará ir" (Éxodo 3:20, NBLA). Al invitar a Moisés a que extendiera su mano hacia la serpiente, Dios demuestra que le está dando autoridad sobre el faraón y que se ha aliado con él para cumplir su promesa.
En la Biblia, el faraón que parece una serpiente también es un paralelismo con la serpiente de Génesis 3, que encarna el mal y la rebelión contra Dios. Cuando Moisés extiende su mano contra la serpiente, se convierte en un cumplimiento de la promesa de Dios de que la descendencia de Eva aplastaría la cabeza de la serpiente (Génesis 3:15).
Después de que Dios llama a Moisés a regresar a Egipto y liberar a su pueblo de la esclavitud, Dios encuentra a Moisés en el camino y trata de matarlo (Éxodo 4:24-26). ¿Por qué Dios mataría a su propio mensajero?
Existen dos posibilidades principales. La primera posibilidad es que Moisés no había circuncidado a su hijo Gersón. Como descendiente de Abraham, Moisés y toda la comunidad de Israel estaban ligados en una relación de pacto con Dios. En este punto de la historia, los israelitas debían observar solo una práctica para ser parte de este pacto: la circuncisión. Cualquiera que no circuncidara a su hijo sería excluido de la comunidad (Génesis 17:9-14). Entonces, ¿cómo iba Moisés a asumir el papel de líder de Israel si no circuncidaba a su propio hijo?
La segunda razón por la cual la vida de Moisés se vio amenazada, podría tener que ver con su pasado. Antes de huir del faraón, Moisés mata a un egipcio (Éxodo 2:12). Dios ya ha dejado claro que hay consecuencias de vida por vida para aquellos que asesinan (Génesis 9:5-6). De hecho, las consecuencias de quitarle la vida a alguien son claras en la historia circundante. Dios acaba de decir que matará al hijo primogénito del faraón en represalia por el asesinato y el maltrato del pueblo israelita por parte del faraón (Éxodo 4:22-23; véase 1:8-22). Ahora Moisés también es culpable de derramamiento de sangre. Cuando el faraón escucha que Moisés mata a un egipcio, "busca" (baqash) matar a Moisés, quien luego escapa a Madián (Éxodo 2:15). Así que cuando Dios busca (baqash) matar a Moisés, puede estar confrontándolo por un delito que aún no ha sido resuelto.
Pero Séfora, la esposa de Moisés, resuelve ambos problemas circuncidando rápidamente a su hijo. Aunque no es israelita, entiende claramente el significado de la circuncisión para la comunidad del pacto de Dios. Y cuando Séfora derrama sangre y "toca" (naga') el prepucio de su hijo con los pies de Moisés, sus acciones anticipan la Pascua. Cuando la sangre del cordero Pascual toca (naga') los postes de las casas, los que están dentro de la casa están protegidos del juicio de Dios sobre el faraón por sus acciones asesinas.
El tabernáculo es un templo portátil donde la presencia de Dios habita con Israel durante su travesía por el desierto. Después de liberar a los israelitas de la esclavitud en Egipto, Dios da instrucciones a Moisés para construir el tabernáculo en el Monte Sinaí (Éxodo 25-31). Una vez que se completa el tabernáculo, la presencia de Dios desciende desde la cima de la montaña para morar en esta estructura cuidadosamente elaborada (Éxodo 40:34-35).
El tabernáculo está dividido en tres partes, cada una ha sido diseñada para un propósito diferente. El patio externo proporciona un lugar para que la gente traiga sus ofrendas a Dios. Dentro de este patio está el lugar santo, al que solo los sacerdotes pueden entrar para cumplir con sus responsabilidades. Y más allá del lugar santo está el lugar santísimo donde está la presencia de Dios. Solo el sumo sacerdote puede entrar en esta habitación interna, y solo una vez al año, en el día de la expiación (Levítico 16).
El tabernáculo está diseñado intencionalmente para evocar el jardín del Edén. El candelabro del tabernáculo, con sus ramas y flores (Éxodo 25:31-40), evoca el árbol de la vida. Y los querubines que se encuentran en el lugar santísimo (Éxodo 25:16-22) son como los querubines que custodian la entrada del jardín después de que los humanos son expulsados (Génesis 3:24). Además, Dios da instrucciones para el tabernáculo a Moisés en siete discursos, haciendo eco del relato de la creación en siete días. Estas conexiones dejan claro que el tabernáculo, al igual que el jardín del Edén, es un espacio del Cielo en la Tierra, donde la presencia de Dios mora con su pueblo.
En Éxodo 25-31, Dios le da a Moisés instrucciones detalladas para el tabernáculo. Y unos capítulos más tarde (Éxodo 35-40), muchos de los mismos detalles se repiten cuando el pueblo construye el tabernáculo. Para entender por qué el libro incluye toda esta repetición, es útil echar un vistazo a la narración que tiene lugar en el medio (Éxodo 32-34).
Cuando Moisés baja del Monte Sinaí con el plano del tabernáculo, encuentra al pueblo de Israel adorando a un becerro de oro (Éxodo 32:1-19). Después de aceptar entrar en una relación de pacto especial con Dios (Éxodo 19:4-8), rompen ese pacto casi inmediatamente al hacer un ídolo (véase Éxodo 20:4-6). Esto amenaza la capacidad de los israelitas de vivir en la presencia de Dios y se suspende la construcción del tabernáculo. ¿Dios seguirá viviendo con ellos?
Moisés ora en nombre del pueblo, y, a pesar de su fracaso, Dios restablece su relación de pacto con ellos (Éxodo 34:27-28). Así que Éxodo 35-40 celebra que los israelitas pueden seguir adelante con la construcción del tabernáculo para que la presencia de Dios pueda descender a morar en medio de ellos.
En Éxodo 34:6-7, Dios se describe a sí mismo de esta manera:
Yahweh, Yahweh
un Dios compasivo y clemente,
lento para la ira
y abundante en amor leal y fidelidad;
que guarda misericordia a millares,
perdonando la iniquidad, la transgresión y el pecado;
y que no tendrá por inocente al [culpable];
que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos, y sobre los hijos de los hijos,
hasta la tercera y cuarta generación" (Traducción de Proyecto Biblia).
Estas palabras llegan en un momento crucial en la historia de Israel. El pueblo acaba de aceptar la invitación de Dios a una relación de pacto con él. Pero luego ellos rompen su compromiso al adorar a un ídolo. ¿Cómo responderá Dios a la infidelidad del pueblo?
En medio de esta incertidumbre, Dios describe su carácter a Moisés. Y luego demuestra su compasión, gracia, amor leal y fidelidad al renovar su pacto con Israel (Éxodo 34:27-28). Incluso después de que el pueblo no cumple su promesa, él continúa ofreciendo una relación de pacto con ellos.
Para algunos de nosotros, el último verso de este poema puede plantear la pregunta: ¿Juzgará Dios injustamente a los niños por las decisiones de sus padres? Pero otros pasajes, como Deuteronomio 24:16 (NBLA), dejan en claro que Dios no castiga al inocente por las ofensas de los culpables: "Los padres no morirán por los hijos, ni los hijos morirán por los padres; cada uno morirá por su propio pecado".
La descripción que Dios hace de sí mismo revela que toma muy en serio los actos humanos de injusticia e infidelidad. Y nos recuerda que los comportamientos dañinos, a menudo se transmiten de una generación a otra. Pero mientras Dios aborda la maldad, el pasaje enfatiza que su amor leal y su perdón se extienden mucho más allá de su juicio, a miles.
Estas palabras, que describen el carácter de Dios, son tan importantes que se mencionan con más frecuencia que cualquier otro pasaje de la Biblia (ver, por ejemplo, Deuteronomio 5:9-10; Salmos 86:15; Daniel 9:4). Así que Éxodo 34:6-7 nos da una introducción clave al carácter de Dios.

